sábado, 27 de septiembre de 2025

Las Quinientas 16: Quinientas y las que hagan falta: Una maldita ciudad.

 


En ocasiones somos enemigos de nuestras propias causas, y al parecer todo esto a lo que llamamos cultura, sociedad o normalidad está diseñado, aunque sea de forma inconsciente o de chiripa, para que constantemente y de una manera sistemática nos apuñalemos por la espalda a nosotros mismos y a nuestros semejantes. Como si lleváramos cargando una irremediable necesidad de complicarnos la vida para sentir que ésta tiene un poco de sabor, como haciendo del dolor y de de la sangre un condimento.  ¿Acaso el sufrimiento nos hace más apetecibles para nuestros depredadores? Eso solo sería posible si no estuviéramos en la cima de la cadena alimenticia ¿Lo estamos? 


Hay tantas cosas que están fuera de mi alcance, pero si las miro de una manera más objetiva y sin dejarme llevar por el efecto fomo promovido por la gran maquinaria de la mercadotecnia me doy cuenta que no son relevantes, ni necesarias.  Me gusta pensar que una  de nuestras grandes fallas como especie ha sido autodenominarse como un ser “racional”  cuando la mayoría de nuestras acciones, decisiones y pensamientos están determinados por nuestros estados emocionales y no por nuestra racionalidad, conozco, en persona, en vivo y en directo, habiendo les estrechado la mano, solo un puñado de personas que son capaces de poner su racionalidad por encima de sus emociones, y aún así no un cien por ciento pues en el fondo lo emocional es parte importante de la experiencia humana, una parte que no se puede excluir, por lo que estas personas más que dominar sus emociones saben negociar con ellas. 


Por lo general nuestro lado emocional busca recompensas rápidas e inmediatas, buscar placeres y escapar de la incomodidad, hoy en día Empresas invierten millones en sus departamentos de marketing, publicidad en la lengua de Castilla, ni idea donde queda eso por cierto, para posicionar sus porquería, díganse productos y servicios, dentro de nuestro marco de necesidades, placeres o cosas que no nos podemos perder, de lo urgente, de lo que no se puede prescindir y hasta en muchos casos han logrado instalar sus baratijas en la esfera de nuestra identidad, como rémoras, como sanguijuelas, robando no solo nuestro dinero sino también nuestra salud mental, nuestro tiempo y nuestra vida social. 


Si existe un depredador está en los estantes de las tiendas, en la comida cara y mal hecha, en los seguros de vida que te meten a la fuerza cuando quieres sacar una tarjeta de débito para guardar tu dinero en un banco, en los trabajos mal pagados y de jornadas que te obligan a estar la mayor parte del día atendiendo gente que te desprecia y que tu desprecias porque aunque son humanos y tienen derechos te parecen aberrantes sus formas de ser, su manera de hablar y la manera de mirarte, en el transporte público ineficiente, con unidades viejas y que el chófer satura para cumplir con la cuota de boletos que el mafioso concesionario le pide, el depredador señores y señoras es: La Ciudad. 


En el libro de Stephen King “El Resplandor” el niño Dany Torrance está atrapado en un lugar maldito “El Hotel Overloock” un lugar lleno de historias de violencia y de fantasmas, es su don el que saca al hotel de su letargo y le permite manifestar toda su monstruosa vastedad ante el chico y su familia, el monstruoso edificio tiene un objetivo claro: Tomar al niño y alimentarse de su poder, el resplandor, para mantenerse vivo y despierto.  El Hotel era un depredador y el chico su presa. 


Mira la ciudad en la que vives, seguro que también está llena de historias de violencia, muerte y sufrimiento, seguro que también está llena, tan llena, de fantasmas, y de ausencias, mira los altos edificios, como monolitos malignos que captan el dolor y el sufrimiento de la gente, las antenas, los espejos, las calles, los puentes, los automóviles, todo como un enorme sistema digestivo de una criatura qué se  deleita con el sabor de la desesperación, del cansancio, del dolor y de la muerte, una criatura que desde que nacemos empieza a condimentarnos y a digerirnos.  Como un corral cuya única salida nos lleva al matadero, como una moledora de carne, como un lugar maldito. La ciudad no tiene piedad, no con su alimento ¿A caso nosotros la tenemos con el nuestro? 


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