miércoles, 14 de enero de 2026

52 Semanas de Cuentos 2026: Cuento 1.- Mirada Azul.

Cuento de la semana 1 (Del 05 de enero al 11 de enero)

Mirada Azul

 Sus padres habían muerto  ¿Hace cuánto tiempo? La verdad no llevaba la cuenta de los años, ni festejaba ningún aniversario luctuoso. Caminaba rumbo a la oficina pensando en ellos, también en su hermano que no había visto desde hace algún tiempo y en su hermana que se casó y se fue a otro estado con su marido, tal vez a Monterrey, tal vez a Tijuana, no lo recordaba y no insistió extraer el dato de su cerebro porque en ese momento el sonido de las notificaciones de su teléfono lo sacó de su ensimismamiento, el jefe de la oficina, como todas las mañanas, exigía  el reporte de las actividades del día anterior para poder estimar las metas a cumplir para el día de hoy, cruza la calle a la carrera, entra en la plaza Sol y toma el ascensor que lo lleva a su oficina. 

Ya en la oficina manda el susodicho reporte y se pone a teclear con su tan profesional estilo de mecanografía hasta que llega la hora de almorzar, un volován, un cigarro y una coca, si Diego siguiera vivo seguramente le diría que esa porquería no era un desayuno. Él falleció cuatro meses atrás, a  las siete  cincuenta y cinco de la mañana, atropellado en el cruce peatonal que cruzaba todos los días para ir a trabajar. Tiró la mitad del volován y regresó a trabajar. 

Al día siguiente va corriendo, el tráfico es un infierno y el autobús se tomó su tiempo para atravesar la ciudad, el calor altera la mente de la gente, si llega tarde le van a descontar del sueldo, tres minutos, se enoja con la gente que camina al frente, van lento, como paseando, quisiera gritarles “¿Qué no ven que llevo prisa?” en el semáforo el verde se convierte en ámbar, tal vez lo logre, corre por el paso peatonal, no quiere perder quinientos pesos, un ruido horrible, el chirrido de las llantas, un golpe secó, sus pies ya no sienten el suelo el mundo gira, el pavimento está hirviendo, el cielo es azul y no hay nubes, cierra los ojos y se deja arrastrar a la inconsciencia mientras piensa que le van a descontar el día.  

Después despierta en el hospital, no se ha roto nada, es afortunado, tiene una contusión leve y muchos moretones, uno enorme en la cadera derecha donde lo golpeó el auto. Aturdido mira gotear el suero, piensa que quizá esté lleno de medicamentos anti inflamatorios y contra el dolor, cierra los ojos y siente que  se hunde en la cama, el olor a hospital le recuerda cuando visitaba a su padre en sus últimos días de vida, y también los de su madre. El doctor le dice que lo mandaran a casa mañana por la tarde pero que  deberá tomarse un par de semanas de reposo. Más tarde su jefe le llama y le dice con su mejor voz de fingida empatía  “Felicidades, estás de vacaciones, nos vemos en 15 días”. Genial, piensa, mis primeras vacaciones en tres años y me las pasaré tumbado  en casa.  

En la tarde llegó Elvira, platicaron acerca del accidente, el de él y el de Diego, mientras se comían unas galletas que ella metió al hospital de contrabando.

-Si te descubren te van a vetar del hospital.

-Eso si me atrapan, además no es que me guste venir mucho por acá.

Cuando escucharon pasos por el pasillo se apresuraron a esconder la envoltura de las galletas mientras se reían, no era una enfermera ni un doctor, era el hombre del seguro del dueño del auto que lo había atropellado, venía a decirle que el seguro se ocuparía de los gastos médicos, le dio a firmar unos papeles y se fue. Elvira saco las galletas de nuevo. Ella se fue  antes del anochecer.

Al anochecer un intenso dolor de cabeza lo despierta, medio abre los ojos , se sienta, toma el cómodo del suelo y orina, algo se mueve en el pasillo,  Ernesto abre los ojos, gente en los pasillos, se queda sentado en la cama viéndolos caminar por el pasillo, están de espaldas, algo, un movimiento captado por el rabillo del ojo, capta su atención y lo hace voltear, está en el rincón, de pie, enfundado en una bata de hospital como la que él traía puesta en ese momento, el hombre era muy viejo y delgado,   pálido como un cadáver, Ernesto lo miró a los ojos, que eran azules como dos trozos de hielo, con un fulgor frío, como si la luz atrapada en ellos no pudiera salir jamás.  Mientras se atragantaba un grito puso el botón para llamar a la enfermera, pasos enérgicos en el pasillo le indicaron que ella venía, el hombre no se movía, cuando la enfermera entró a su cubículo le preguntó qué necesitaba, él solo señalo el rincón del cuarto, ella volteo, no vio nada, él seguía señalando el rincón, ella caminó hasta ahí, el viejo se apartó y cuando la enfermera  regresó al cubículo él retomó su lugar. 

-No hay nada.

Él bajó la mano.

-Me duele la cabeza.

Alcanzó a decir, ella le dió unas pastillas.

-¿Puede correr las cortinas?

-Claro.

-Muchas gracias.

Entonces se tapó de pies a cabeza y cerró los ojos hasta quedarse dormido. 

Cuando despertó corrió las cortinas, el viejo seguía plantado en el rincón, igual que la gente del pasillo, estaban ahí moviéndose de un lado a otro y alcanzó a ver qué estos también tenían el mismo fulgor azul mas ahora que estaba completamente despierto y podía observar mejor, gracias a la luz del día que entraba por las ventanas, notó que los ojos de esas cosas eran como agujeros con paredes de un brillante hielo, procuró no mirarlos demasiado pues una sensación de vértigo se apoderaba de él, como si estuviera viendo un precipicio al que temía caer. Las otras personas no les prestaban atención; como si no existieran.

Más tarde lo dieron de alta, y de paso lo surtieron de medicamentos, al caminar por los pasillos del hospital pudo ver a más de esas cosas, algunas sólo estaban de pie en un rincón, otras deambulaban de un lado a otro por los pasillos, la mayoría lo ignoraban por completo, algunas lo miraban con sus ojos de hielo.  En cuanto salió del hospital tomó el primer taxi  y le pidió que lo llevará a su casa. En casa compró algo para cenar y después de comer se tomó la medicina para mitigar el dolor y se acostó a dormir.

Un par de días pasan, entre series, medicamentos y playlist de su música favorita, eventualmente no aguanta estar tanto tiempo a solas, a pesar del dolor que le entumece la mayoría del cuerpo, se anima a salir de casa para ir a visitar a Elvira, le avisa por WhatsApp. Pasó a tu casa en la tarde, cuando llegues del trabajo. El viaje en autobús es una tortura, la carcacha de hojalata que los concesionarios se niegan a jubilar para exprimirle hasta la última gota de beneficios, se zangolotea y da botes con cada bache, solo le queda soportarlo. En una parada sube gente, él las mira con indiferencia, pero al final sube un hombre, no paga pasaje, el chófer no se lo exige, y a pesar de que es un andrajoso desastre los pasajeros no parecen verlo, Ernesto casi salta de su asiento cuando sus miradas se encuentran, un vacío infinito, una luz azul muerta. La cosa camina por el pasillo del autobús sin apartar la mirada de Ernesto, él se hace bola en su asiento, se abraza las rodillas, con los ojos como casi desorbitados lo ve acercarse paso paso, cuando está apunto de gritar el hombre pasa de largo y se sienta en el último lugar. Ahí se queda hasta que Ernesto baja del autobús echándole un último vistazo por encima del hombro.

Espera a Elvira sentado en la banqueta, aún no ha llegado del trabajo, piensa el hombre del autobús y en la gente del hospital, quizá sean alucinaciones consecuencia del golpe en la cabeza, o algún efecto secundario del medicamento. A lo mejor hasta es alérgico. La mujer llega unos minutos más tarde con una pizza y una Coca-Cola, entran y mientras ella busca unos vasos él prende la televisión y busca una película o una serie en Netflix, la casa de Elvira es terreno conocido, no por nada ha sido su mejor amiga desde hace varios años. Al final deciden dar una cuarta vuelta a la serie “Better Call Saúl” y mientras devoran la pizza hacen chistes o recitan los diálogos de los personajes a rajatabla.  Más tarde beber casi un litro de refresco obliga a Ernesto a hacer una visita al sanitario, está muy relajado, la casa de su amiga es un lugar seguro y conocido, abre la puerta del baño y ahí en un rincón que creía a salvo de cualquier cosa inquietante se encuentra una mujer, lleva puesto un vestido floreado mugriento, como si hubiera estado enterrado, la palidez de su piel se llega a confundir con la cerámica del baño, ahí el frío azul eléctrico se sus ojos resalta como dos llamas, está justo bajo la regadera, Ernesto casi se orina en los pantalones, la mujer no se mueve, entonces el sale del baño y hace sus necesidades en el patio. Cuando regresa su amiga lo nota pálido.

-¿Qué tienes?

-Me duele la cabeza-Miente, el dolor no le molesta al compararlo con la idea de estarse volviendo loco.

-Aguanta- ella se pone de pie y camina hacia el baño, él la mira hacer el recorrido deseando decirle que no entre al baño, que hay una mujer horrible ahí adentro. La mujer entra al baño y no ve a la mujer, para ella no existe, abre el botiquín y saca una caja de pastillas; cuando regresa a la sala le avienta la caja a Ernesto.

-Dos de estás y te vas a alivianar.

El se toma dos con un vaso de Coca-Cola. Continúan viendo la serie un rato más. Cuando va de regreso a casa procura  no despegar la mirada de la pantalla de su teléfono, sin embargo de vez en cuando levanta la mirada para ver si no se ha pasado de la parada, entonces los ve, a veces parados en medio de la calle, otras andando por la banqueta, también asomados por las ventanas o parados frente a puertas, sus ojos azules brillaban en la noche.


Fantasmas ¿Son fantasmas?

Acaso mi cerebro se ha echado a perder. 

Mis padres, mis padres estarán así.

Me estaré volviendo loco.

Se pasó media noche dándole vueltas a esos pensamientos, revolviéndose en la cama hasta que la fatiga lo hizo dormirse. Solo con sus padres, solo con Diego, con su hermana, con su hermano. Se levantaba de la cama y al mirarse al espejo es una de esas cosas, con la piel pálida, muerta, y con dos huecos que brillaban de azul en lugar de ojos. Despierta sudando frío, un sueño. 

El día siguiente lo pasa en cama, dopado por el medicamento y por el sentimiento de estar perdiendo la razón; Con el amanecer siguiente se levanta animado, quiere probar algo, se viste con ropa deportiva y en su mochila lleva sus pastillas, un termo con café y un par de sándwiches, tendría un almuerzo al aire libre.  En la esquina de la cuadra tomó el autobús que lo llevaría al lugar elegido para su día de campo. Se bajó en plaza cristal y enseguida los vio algunos parados en los rincones, otros caminando entre la gente, había fácil unos veinte o treinta, no le sorprendía pues aquel centro comercial había sido construido sobre un cementerio, nadie les prestaba atención, ni a su palidez ni a sus miradas, como si no existieran, los vivos andaban de un lado a otro con la locura y prisa ya habitual en estos, y cuando  uno de los vivos iba a chocar con un de los muertos  este se apartaba como se aparta un imán repelido por su polo opuesto.

Camino por el centro comercial un rato, lleno de temor e incertidumbre , esperando que esas cosas cayeran sobre él, como las gordas se zombis en las películas de terror, sin embargo a lo mucho una que otro lo seguía con la mirada y  más allá de eso parecían ser  seres impotentes, incluso se acercó a un anciano y cuando trató de tocarlo este se apartó y se fue caminando, no se quedó mucho rato al final de cuentas su desayuno iba a ser en otro lado. 

Junto al centro comercial estaba el panteón, lo que no había podido ser convertido en casas, en el parque reino mágico  o  en parte del centro comercial,  los fantasmas deambulaban en los alrededores confundiéndose con los transeúntes, también alcanzaba a verlos andar entre las tumbas, el cementerio estaba en un terreno alto por lo que muchas tumbas quedaban a la vista  por encima de la barda perimetral, la entrada al lugar consistía en  un par de arcos que se cerraban por las noches con una rejas de metal, se alcanzaba a leer “Cementerio particular veracruzano”,  Ernesto pensó que de noche no se atrevería a entrar al lugar, imagino centenares de miradas azules en la oscuridad. Al final cruzó las puertas del cementerio y no se equivocaba, los espectros pululaban por el lugar, ancianos, jóvenes, mujeres y niños, algunos estaban de pie otros rondaban entre las tumbas, sin embargo los pocos visitantes que había no les prestaban atención.

Apretando los puños y resistiendo el impulso de salir corriendo se adentra entre las tumbas, los únicos sonidos que lo acompañan son las chicharras, el canto de las aves y uno que otro bocinazo distante del claxon de un auto. Las hojas secas crujen a su paso. Él puede darse cuenta que es ajeno a la mayoría de los fantasmas, pero hay otros que lo miran cuando pasa cerca de ellos, incluso le parece ver qué un par lo miran desde la distancia, como si fuera un intruso en su territorio, como si aún no fuera su momento de hacerles compañía. Acelera el paso. Cuando llega a la tumba está un tanto sucia y descuidada, llena de hojarasca, botellas de plástico y envolturas de golosinas, con una rama caída sacude la basura y con la mano limpia la placa para poder leer los nombres de sus padres.

Espera encontrar los fantasmas de sus viejos ahí, parados junto a su tumba, solo había una tumba abandonada, se sentó aún lado y sacó su desayuno, mientras comía observó a la gente, oa viva y los fantasmas, caminar entre las tumbas, los que más le inquietaban  eran los niños, los adultos y los ancianos eran más numerosos, ver los espectros de los infantes, algunos incluso gateaban, le parecía tan incómodo como aterrador. Cuando terminó su desayuno se recostó sobre la tumba de sus padres, recordando como se acostaba entre ellos cuando era niño, esto era lo más  cerca que estaría de hacerlo de nuevo. A pesar de la incomodidad se quedó dormido poco a poco. 

Lo despertó la sensación de sentirse observado y en efecto había una pequeña multitud congregada a su alrededor, el sol se estaba ocultando por lo que los ojos azules de los espectros brillaban con una mayor intensidad, Ernesto se levantó de un saldo, a pesar del dolor  que recorría su cuerpo, recogió torpemente sus cosas y salió a la carrera, pensaba que tendría que abrirse paso a empujones pero los fantasmas solo se hicieron a un lado cuando se estaba   a punto de tocarlos.  Ya fuera del panteón emprendió el largo camino a casa. 

Antes de dormir pensaba en sus padres nuevamente, esperaba encontrarlos como fantasmas pero no habían estado, a lo mejor estaban en otro lugar, como muchos otros, como los que había visto  en calles, en puertas de casas o ventanas, a lo mejor y los espectros de sus padres están en su casa. A lo mejor vaya a ver. Irá a ver. 

Un par de días después viajaba rumbo a casa de sus padres, que se encontraba en las afueras del puerto de Veracruz, casi llegando a Soledad, el autobús iba lento, él disfrutaba del paisaje, desde niño siempre había disfrutado esa parte de los viajes en carretera, ver como los árboles y las casas pasaban por su ventana.  Bajo en la avenida principal del pequeño poblado, desde ahí podía llegar caminando a lo que fue la casa de sus padres en unos diez a quince minutos, había vivido en este lugar hasta los veinticinco, momento en que había dejado la casa de sus padres para entrar un departamento amueblado lo más cerca de las oficinas donde trabajaba, según las cuentas de Ernesto, ya habían pasado cinco o seis años desde entonces. Las últimas visitas que había hecho a la casa fueron los velorios de sus padres. La propiedad iba a ser vendida y el dinero repartido entre los tres hermanos, el trámite aún estaba en progreso pues no tenía más de dos años que sus padres habían fallecido, prácticamente uno tras otro. La casa estaba tal y como la habían dejado desde la última vez que habían venido a limpiarla, su amplia fachada color durazno y la enorme puerta de madera le hicieron sentir nostálgico, la nostalgia de volver a un lugar seguro.

Dicha sensación de seguridad se derrumbó cuando al abrir la puerta principal un olor nauseabundo lo golpeó, agrio, seco, cálido y con un regusto a dulzor de fondo,  dio un paso atrás conteniendo las arcadas, cuando recuperó la compostura pensó que algún pobre animalillo se había ido a morir dentro de la casa, o se había quedado atrapado y muerto de inanición. Pobre criatura. Estiró el cuello de la camisa para taparse la nariz, ni modo, tendría que sacar al patio el cuerpo del animal, ahí había un pequeño almacén donde según recordaba había palas y cal, cavaria una pequeña fosa, le echaría cal y enterraría el cuerpo del perro, gato, mapache o lo que fuera, no sería un entierro cristiano, pero sería un entierro al fin.  El olor a muerto impregnaba la casa por lo que conforme avanzaba por la casa iba abriendo puertas y ventanas para que el aire circulará y se llevará la peste. Sus padres habían pensado en la vejez y habían construido todo en una sola planta, no querían subir escaleras con las rodillas destrozadas cuando fueran viejos solían decir, lo primero que hizo fue ir a la cocina y abrir la puerta que daba al patio, pensó que ahí encontraría rastros del animal pues por ahí era el sitio más probable por dónde podría haber entrado, no encontró nada, fue al baño y tampoco, así que pensó en las habitaciones, quizá habían dejado una ventana abierta. 

De las tres habitaciones solo tuvo que revisar una, la de sus padres, pues la puerta estaba entreabierta y por ella podía ver entrar y salir moscas, al acercarse el olor se hizo más intenso, el vibrante zumbar  de las moscas rompía el silencio, cuando puso la mano sobre la puerta para empujarla e ingresar a la habitación se detuvo en el acto. Dos puntos azules flotaban en la penumbra, entonces notó que había entrado a la casa a oscuras y que había andado siguiendo más a su  memoria que a su vista, memoria y olfato,  abrió la puerta poco a poco, ya sabía que esos puntos azules eran los ojos de una de esas cosas, ¿Papá? ¿Mamá? ¿Ambos habían regresado a su casa? Con la mano temblorosa presionó el botón para encender la luz pero no pasó nada, recordó que habían quitado los fusibles de la instalación eléctrica para evitar un incendio o algo así, entonces recurrió a la linterna se su celular, la encendió agitando su teléfono, por eso le gustaban los Motorola, y apuntó la luz en dirección a los ojos del espectro. 

No era el fantasma de su padre, ni el de su madre. Un rostro muy similar al suyo era dueño de la mirada azul, se vio a sí mismo en sus fracciones, compartían rasgos familiares, era su hermano, del que no sabía nada desde la última vez que habían venido a limpiar la casa de sus padres, el fantasma de su hermano no le prestó atención, estaba como hipnotizado, con la mirada fija en el otro rincón de la habitación,  a Ernesto el olor a podrido le inundaba la nariz, las moscas revoloteaban atraídas por la luz, siguió la mirada de su hermano, apenas distinguió siluetas en la semioscuridad, un bulto en un rincón, una silla tumbada, alumbró el rincón con su teléfono, había una cuerda atada a una viga, tensa, algo colgaba de ella, siguió el recorrido de la cuerda con el haz de luz encontrándose de nuevo con un rostro familiar muy similar al suyo, o lo que quedaba de él, un despojo putrefacto de lo que en otro tiempo fue su hermano, Ernesto abrió y cerró la boca como un pescado fuera del agua, apartó la mirada del cuerpo colgado de su hermano y se topó con los ojos del fantasma, su hermano se miraba a sí mismo pudrirse, entre el asco y el espanto empezó a retroceder hacia la puerta, y cuando el espectro de su hermano lo miro con esos ojos vacíos no pudu evitar salir corriendo de la casa.

El resto de su incapacidad laboral se la pasó de tramite en tramite, primero para retirar el cuerpo de su hermano, luego para gestionar su cremación, su hermana le mando dinero pero no vino a darle el último adiós a su familiar, a lo mucho hizo un par de llamadas más que nada para gestionar la limpieza de la casa pues había que dejarla impecable para su próxima venta.  A donde fuera se encontraba con unos cuantos fantasmas, siempre absortos en su mundo, impotentes e incapaces de interactuar con los vivos, excepto para apartarse de su camino. Había algunos en la oficina de registro civil, unos cuantos más en la funeraria donde se veló el cuerpo de su hermano  y otros tantos en el crematorio, en definitiva bastante menos que en el cementerio. 

Llegó el día en el que tenía que volver a la oficina, llevaba tiempo de sobra, el sol daba un día de tregua a la gente del puerto de Veracruz con un pequeño aire invernal que llenaba de frescor las calles, al llegar al cruce, donde anteriormente estaba una escultura de los voladores de Papantla,  vio deambulando entre el tráfico a un grupo de hombres y mujeres, pálidos, llenos de heridas y moretones, con marcas de cuerdas, con sangre seca pegada en la ropa y sus carnes, andaban como perdidos, se podrían llegar a confundir con los jóvenes que limpiaba parabrisas, vendían dulces o hacían acrobacias en los semáforos, mas los ojos los delataban, azules como el hielo más frío, brillantes como fuegos fatuos. Los espectros lo inquietaron, aún recordaba lo acontecido  el veinte de septiembre de dos mil once, alrededor de cuarenta cuerpos habían sido arrojados  justo en ese lugar, pensó que si se ponía contar a los espectros el número sería igual,  se apresuró a cruzar la calle. 

Ya en la oficina y después de que lo pusieron al corriente de sus pendientes salió del cubículo del jefe y se dirigió a su escritorio, llevaba un vaso de  café en la mano, revisaba unos documentos en la tablet de la empresa con la otra, algo llamó su atención, un brillo azul que vio de reojo,  sentado frente a uno de los escritorios se encontraba un fantasma, absorto en mirar la pantalla de la computadora como si tuviera mucho trabajo que hacer, Ernesto lo conocía, a pesar de la palidez de muerte, de los ojos fríos y brillantes, como la llama de un piloto de un calentador, Daniel estaba aún en su puesto, trabajando incluso después de la muerte, el espectro apartó la mirada de la pantalla y clavó sus ojos en su amigo, se puso en pie despacio y levantando la mano, con la misma lentitud, señaló la salida de la oficina y solo dijo una palabra: Vete.

Las palabras de Diego sonaron como un eco distante, como el susurro del viento cuando se cuela por una ventana pero fueron lo bastante claras para que Antoni las entendiera, sintió como las fuerzas lo abandonaban, el café y la tablet cayeron al suelo con un golpe que hizo eco por toda la oficina, todos se asomaban por encima de sus cubículos y vieron como Ernesto se largaba para no volver jamás. 


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