martes, 23 de febrero de 2021

2.- Recuerdos

22 de Febrero de 2021

Cuando era niño vivía en un pueblo rodeado por cerros, una especie de montañas boscosas, podría decirse que en un valle. Es un pueblo cuya economía gira al rededor de el cultivo y el refinamiento de la caña de azúcar y de sus productos derivados o por lo menos la mayoría de esta. 

Mi abuelo y mis tíos trabajaban en la fabrica de azúcar que conocíamos como "el ingenio el potrero", mis abuelos venían de Oaxaca, según lo que he escuchado. 

El poblado tiene el nombre oficial de "Villa General Miguel Alemán"  tiene el alias de "Potrero Nuevo", pues junto hay otro pueblo de nombre "El Potrero" al que le decíamos "Potrero Viejo" que debe de tener otro nombre oficial pero la verdad es que lo desconozco por completo, recuerdo que solamente fui ahí en una ocasión, recuerdo un gran puente colgante sobre un rio con el cause lleno de enormes piedras redondas; quizás fuimos al lugar  durante alguna de las excursiones de los "Boy Scauts", de los que yo no fui miembro oficial pero  mis tíos si  y estos solían llevarme de vez en cuando.

En este grupo se vivían muchas aventuras, se prendían fogatas, se asaban bombones en ellas, contabamos historias de miedo, cantábamos canciones y explorábamos los cerros y las zonas forestales que rodeaban el pueblo. Recuerdo que un día llegamos a una cascada, que era el nacimiento de un río, donde pasamos una agradable tarde jugando en el agua y bañándonos. En otra ocasión en una de nuestras caminatas por el cerro decidimos seguir las  vías del tren  y llegamos a un viejo túnel que entre risas nerviosas y con miedo atravesamos juntos, recuerdo que como a la mitad del túnel entramos en pánico y corrimos hasta la salida

Recuerdo también los viajes en tren que hacia con mi madre  desde Veracruz hasta el pueblo, la gente que subía y bajaba al llegar  a las estaciones, el alboroto a la hora de transbordar, los vendedores de garnachas, los refrescos en bolsita. Recuerdo, y cuando digo recuerdo es que casi me invento como si solo recordara una sensación a la cual complemento con ideas o como si fuera un libro para colorear que pinto al traer a la superficie de mi mente esos momentos. Me acuerdo la vez que casi me lleva el tren y tuve que saltar a os brazos de mi madre, tenia como unos 4 o 5 años, son más sensaciones que recuerdos.

Me da miedo que un día ya no pueda recordar, que ya no pueda convocar esas emocionas que dan forma a las sombras de hechos pasados que guardo en mi memoria. El olvido debe ser la peor condena; y no me refiero a ser olvidado, me refiero al hecho de olvidarte de ti mismo, de quien eres, de tus seres queridos  y de tu vida. Pero al final de cuentas la vida es muy corta para vivir con miedo, al menos eso dice la sabiduría popular, y si se me va a olvidar todo esto se me va a olvidar y punto, no habrá nada que yo pueda hacer. 

A lo largo de la vida he conocido tanta gente, de la mayoría no me acuerdo, trato de aprender de las experiencias y anécdotas de esas personas, pero eso no lo escribiré ahora, me lo guardare para otras entradas. 

Regresando al pueblo que vio mi infancia; la safra, la cosecha de la caña de azúcar, era todo un evento en la localidad. Todo empezaba con la quema de los cañales para prepararlos para la cosecha, era un evento fascinante y triste por igual pues durante la quema algunos animales solían quedar atrapados y morir quemados, era común ver salir corriendo de los cañales perros, conejos y tlacuaches prendidos en llamas. Lo fascinante venia después porque las cenizas caían del cielo como si de nieve negra se tratara, recuerdo que salíamos corriendo a atrapar las cenizas jugando a que nevaba. 

Frente a la casa de mis abuelos había un árbol que daba unas aminas que cuando se secaba tomaban la forma de "lanchitas" que usábamos para jugar en los días lluviosos, o para arrojarlas en el canal de aguas negras o de riego y hacer carreras.

En mis recuerdos comparó a ese pueblo con la comarca de los hobbits del Señor de los anillos, un lugar pequeño y acogedor rodeado por un mundo de aventuras; Mi color favorito es el verde, supongo que ver los cerros verdes como paisaje de fondo a diario influyó de alguna manera, o los paseos entre las arboledas de los mismos, o entre los cañales y las milpas de maíz.

Los recuerdo, a los cerros, decorando el horizonte, rodeando el pueblo, recuerdo los viajes en carretera, subir y bajar por sus caminos. Recuerdo el miedo que sentía cuando el autobus pasaba muy muy cerca del borde de un precipicio y me imaginaba que nos despeñariamos al fondo, como le había pasado a otras desafortunadas gentes. 

Me gustaría poder ir al pueblo, o conseguir una casa ahí a donde pueda escapar los fines de semana o en cualquier momento que lo necesite, me gustaría ver los cerros rodeando el horizonte con su verdor; tal vez me dé la vuelta en algunas de mis vacaciones, o en algún día libre que llegue a tener o cuando me despidan de mi trabajo actual. 

Los jóvenes suelen abandonar el pueblo lo más rápido que pueden, mi madre y sus hermanos lo hicieron, Persiguiendo los sueños que les enseñaron a buscar la familia y más que nada la televisión y en nuestros tiempos las redes sociales; abandonan los cerros y un pueblo que ofrece una vida tranquila por promesas materialistas que francamente me parecen un engaño, te ofrecen una felicidad que nunca llega, y si no te llega resulta que es tu culpa por no ser competitivo, pero en fin ya me quejaré de eso en otra entrada. 

La última vez que viaje al pueblo fue durante los funerales de mis abuelos, me pareció un sitio a temporal donde todo transcurre a un ritmo diferente que en la ciudad. El ingenio seguía ahí echando humo al cielo, los cañales seguían ahí preparados para ser cosechados una vez más, las gentes se reunían como siempre en el mercado, en el tianguis o en la iglesia, haciendo cosas de gente, y recortando el horizonte ahí seguían los cerros tan verdes como siempre, tan majestuosos como siempre, como una deidad visible y tangible. Se que ahí seguirán los cerros muchos años más después de mi muerte y de la muerte de todos los que lean esto, aún estarán ahí cuando ya ni siquiera seamos un recuerdo. 


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

52 Semanas de cuentos: Cuento de la Semana 18.- Festín de Bestias 1

  Festin de Bestias 1 Los relámpagos danzaban en el horizonte y los truenos apenas se distinguían como un eco lejano, escurriéndose entre el...