domingo, 4 de febrero de 2024

Reto 52 Cuentos.- Semana 1: Una soledad tan concurrida.

 

Arte: Evangelina Esparza

Este es un reto donde me propongo escribir un cuento semanal  durante 52 semanas, lo que aproximadamente sería un año; estos cuentos deben tener un mínimo de mil palabras, con esto espero desarrollar profundamente el hábito de la escritura creativa y explorar técnicas de desarrollo de personajes e historias, completar los 52 cuento para mi significa  dar un paso más en el dominio del arte de la narrativa, pues ya sean 52 buenos cuentos o 52 cuentos terribles me dejarán el aprendizaje de la constancia, la creatividad y la técnica. Espero pues escribir algo decente. 


Aquí pues el cuento número Uno: 


Una soledad tan concurrida. 


Lo habían dejado  en  la casa de retiro  el mes de mayo,  sus hijos lo habían llevado en el auto entre risas  y remembranzas de anécdotas. El lugar era un antiguo colegio católico que había sido adaptado para acoger a  ancianos de familias no tan adineradas, todo el proyecto era patrocinado por una familia de ricos que aspiraban a cargos de elección popular y que buscaban quedar bien con la gente menos favorecida. Lo dejaron en la habitación que le habían asignado, la 15, que tendría que compartir con otro par de residentes. Lo dejaron entre promesas de futuras visitas y llamadas, diciéndole que se aburriría menos que en su vieja casa, que sus hijos venderían proximamente, y que la pasaría genial, como si estuviera de vacaciones en un crucero. 


El señor Maximiliano los conocía, y porque los conocia sabía que sus promesas pronto caerían en saco roto, a fin de cuentas el los había criado para ser implacables y ambiciosos, para estar dispuestos a sacrificar el bienestar emocional de  su familia por el relativo bienestar económico. El pequeño restaurante y el minisuper que había fundado junto con su esposa ahora pertenecían a sus hijos, en cuanto cedió su pertenencia a sus hijos más tarde que temprano empezaron a planear mandarlo a la institución dónde estaba ahora. Ellos pensaban que era un estorbo, él lo sabía. 


Con los meses las suposiciones de Maximiliano se hicieron certezas, las visitas semanales se convirtieron en mensuales y después en lugar de visitas hubo una que otra llamada ocasional. Y aunque en el fondo le dolía él sabía muy bien que era él quién había criado a esos cuervos, justo por eso no les reclamaba, por eso y por que no quería perturbar la  memoria de su amada María llenándose de rencor y reproches contra sus hijos. 


La casa de retiro era un lugar tranquilo, pocas risas, pocos llantos  y  las conversaciones, las pocas que había ,  se daban entre murmullos y siempre trataban acerca de la próxima visita de los hijos o de viejas anécdotas de vida y chismes algo nuevos. Olía a medicina, a orín y a cloro. 


Maximiliano se dedicaba la mayor parte del tiempo a caminar por los espacios comunes del Asilo, la cancha deportiva, la biblioteca, el comedor, la sala y la lavandería, ahí contemplaba a los otros residentes mirar por la ventana, mirar una pared o mirar la televisión com la misma expresión de quien no atiende y está perdido en sus recuerdos, en sus fantasías o delirios.  Él lo sabía porque se empezaba a dar cuenta que muchas veces se quedaba así perdido en las memorias de una vida que ya había terminado hace mucho, recordando a su amada María. 


Porque más que añorar a sus hijos y a sus nietos añoraba a su amada María, bien sabía el que a los primeros el les importaba poco, atrapados en las prisas de la vida moderna ¿de dónde iban a sacar tiempo para atenderlo?  Era una suerte que no lo hubieran echado a la calle como a otros viejos, así pensaba muchas veces, luego se daba cuenta de que estaba justificando a esos ingratos y se enojaba amargamente, solo el recuerdo de la sonrisa de su difunta esposa le calmaba su amargura. 


A menudo  alguno de los residentes moría y los demas salian de sus habitaciones al pasillo para ver como los enfermeros se llevaban el cuerpo amortajado, los más religiosos se persignaban, los menos miraban en silencio. María había muerto de cáncer, se la había llevado poco a poco y Maximiliano la acompañó en su calvario hasta el último momento, cada vez que veía pasar un cuerpo amortajado por el pasillo sentía como si el corazón se le aplastara, como si se la llevaran a ella una vez más, una vez más.  Envuelta en blanco, fria y  pálida . 


 En algún momento la monotonía y la edad le hicieron  perder el sentido del tiempo, no recordaba ya la última llamada y menos la última visita de sus familiares. Las caras de los residentes cambiaban mucho últimamente; los obligaban a usar cubrebocas, el silencio del lugar era interrumpido por ataques de tos y respiraciones pesadas y agitadas,  escuchó más de una vez a las enfermeras acerca de una pandemia, cuando un residente moría los enfermeros que se lo llevaban usaban lo que a el le parecían trajes de astronauta.


Una noche despertó con mucha fiebre, nunca había recordado tener una fiebre tan intensa en su vida, quizá ahora que era viejo cualquier fiebre le parecería la peor fiebre de su vida, le costaba respirar y tosia, aun así se levantó e hizo su recorrido habitual por la casa de retiro; caminar era como andar entre la niebla, escuchaba toses y palabras lejanas,  a las enfermeras apuradas, la televisión. 


Llegó a duras penas a la biblioteca, tomó asiento, sus pulmones no se llenaban más, apenas y un hilo de aire entraba en ellos. Tomo un libro de la mesita de centro, una gastada antología de poemas, y usando su dedo índice para guiarse:


Tengo una soledad

tan concurrida

tan llena de nostalgias

y de rostros de vos... 


Entonces pensó una vez más en el rostro de María y ya no respiró más, el libro cayó de su regazo y su mirada se quedó fija en algún lugar del techo, pero él no estaba más. 



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