Escrito entre el nueve de febrero y el once de febrero.
Puro Veneno
1.- La chica y las vueltas por la ciudad
Caminaba en busca de ella, la catedral con su blancura reflejaba el calor del sol de la tarde, ella publicó una historia a sus redes sociales donde se encontraba en la plaza del zócalo, una selfi, Carlos salió a prisa de casa con la esperanza de encontrarla aún ahí, cuando llegó solo había un mar de desconocidos. Revisó el Instagram , ahora ella había posteado una foto donde se apreciaba a la muchacha con sus amigas y el faro Venustiano Carranza de fondo. Carlos, a paso veloz, se puso en marcha. Al llegar tampoco encontró rastro de ella. Se sentó en una banca que a pesar de estar a la sombra se encontraba tibia. Checo sus redes, nada, no había nuevas actualizaciones de ella. Scrolleo un rato. Más tarde tomó un autobús que lo llevaría a plaza Américas pues ella había publicado que estaban por comer en un conocido restaurante de la plaza. Se la pasó pegado a la pantalla todo el trayecto, cuando entró al restaurante no había rastro ni de ella ni de sus amigas, pidió el platillo más barato, lo devoró con desgana y se fue a su casa. Al día siguiente trabajaba y no podía gastar más dinero yendo de aquí para allá.
Él no sabía porque lo hacía, o mejor dicho no entendía, apenas y conocía a la chica, cruzaron palabras y saludos un par de veces en el campus de la universidad, pero no podía sacarla de su cabeza, revisaba sus redes sociales a menudo y en sus días de descanso, como éste, buscaba toparse de alguna manera por alguno de lo lugares que ella frecuentaba según sus publicaciones, obviamente le había escrito mensajes privados por Instagram, Facebook y WhatsApp pero estos eran ignorados o contestados semanas o meses después, así que ahora buscaba encontrarla por la calle y hablarle para conocerla un poco. Más siempre acababa dando vueltas por la ciudad. Cuando Carlos dejó el sistema escolarizado en la Universidad Veracruzana, estudiaba en el campus de Mocambo, por problemas financieros, fue cuando no la vio más, al menos en persona, estuvo sin estudiar un tiempo en lo que se recuperaba la economía de su familia, como nunca se recuperó del todo ahora Carlos tenía que trabajar para costearse su estudios ahora en el sistema abierto de la misma universidad, sus clases eran los sábados. Estaba trabajando en una tienda de ropa, donde no le daban las prestaciones más básicas que la ley supuestamente asegura, Él aceptó el trabajo pues las empresas más establecidas y que si daban las prestaciones de ley resultaban renuentes a contratar estudiantes, además en este trabajo descansaba sábado y domingo.
Así que entre el trabajo, cuyo horario laboral era de nueve de la mañana a ocho de la noche, y sus estudios su tiempo libre lo ocupaba en salir de vez en cuando con viejos amigos y en dar vueltas por la ciudad siguiendo a la chica según lo que publicaba en redes. Ella subía historias donde acudía al gimnasio, en una conocida franquicia, y Carlos pensó en inscribirse en el gimnasio con la esperanza de toparse en algún momento, su plan fracasó cuando se dio cuenta que el precio del gimnasio rebasaba por mucho su presupuesto.
De lo que Carlos no se daba cuenta era que siempre había hecho lo mismo cuando alguna chica que le gustaba aparecía en su vida, puede que ahora fuera esta chica, pero anteriormente cayó obsesionado por otra chica, hasta que ella consiguió pareja o simplemente desaparecen de las redes o ella bloqueaba, entonces él se deprimía un rato y pasaba a la siguiente obsesión. No se daba cuenta porque para él la chica siempre era la misma chica, con otro rostro quizá pero al final era la misma encarnación de lo que él creía que le faltaba y que, de encontrarlo, lo complementaria y traería la felicidad a su vida. Así habían pasado ya unos años, la chica de los veinte, la chica de los veintiuno, la de los veintidós y ahora estaba con la de los veintitrés. El tiempo estaba parado en un bucle y él no se daba cuenta, corría por la ciudad y no se daba cuenta.
2.-EL viejo.
Era un domingo.
“Cafecito en la parroquia” decía el pie de foto que la chica había posteado en sus historias, en la foto salían ella y dos de sus amigas, Carlos estaba viendo algunos libros en un local conocido que vendía libros de segunda mano cuando las notificaciones de su teléfono le indicaron que la chica había publicado una nueva historia, en cuanto la vio salió del local y caminó con bastante prisa rumbo al café de la parroquia que estaba en el malecón. Cuando entro en el café ella ya no estaba, al salir se puso a revisar las redes compulsivamente, pero no había nuevas actualizaciones, caminó hasta lo que antes era la torre de Pemex y se sentó en una de las bancas que estaba a la sombra del edificio. El mar estaba particularmente hermoso pero el solo scrolleba sin fin en tiktok, a la espera de una notificación.
-Tu siempre andas dando vueltas- la voz a su lado le hizo despegar la mirada de la pantalla.
-y no nomas en tu pantalla, también por este lugar, siempre das vueltas por el zócalo y por el malecón, como buscando, y luego vienes y te sientas- Mientras lo decía tomó asiento en la banca.
Era un anciano, probablemente de los jubilados que se pasaban los días que les quedaban tomando café y conversando con otros viejos en la parroquia o bailando danzón en el zócalo. Carlo lo miró con una interrogación en la mirada mas no hizo ninguna pregunta.
-Das vueltas, lo has hecho desde hace un par de años- lo dijo mirando como salía un carguero de la zona del muelle del malecón.
-¿cómo?- dijo Carlos parpadeando y con cierto desconcierto.
-Ya me imaginaba que no te habías dado cuenta- el señor soltó una risotada -esas maquinitas les tiene bien frita la cabeza- lo dijo mientras le echaba un vistazo al celular - son puro veneno, puro veneno.
Hasta ahora Carlos no había considerado su situación, quizá la intervención de una perspectiva ajena a su propia realidad enajenada le movía algo en la cabeza.
-yo solo paseo- dijo con un tartamudeo en la voz.
-Pues yo cuando paseo no ando con cara de enojado- dijo el viejo sonriendo, entonces una notificación se disparó en el teléfono de Carlos, el cual actuando por impulso la abrió, ella estaba ahora en plaza Mocambo, se había ganado un peluche de los grandes en la máquina grúa que daba peluches grandes si la vencías, él empezó a levantarse.
-¡ja! así que es eso, andas persiguiendo a una muchacha- Carlos se detuvo a medio levantamiento -dime muchacho si te la encuentras ¿crees que le gusté el muchacho desesperado que está junto a mi?- Él se sentó de nuevo y miró al mar con abatimiento. Jamás había pensado en eso, solo quería encontrarse con ella, pero no había considerado la impresión que le causaría a ella.
-No sé, no lo había pensado, no sé qué me pasa.
-Yo sí sé, estás envenenado, ya te dije que eso que traes ahí es puro veneno- dijo señalando el celular con la cabeza - lo se porque mis hijos y más mis nietos están también envenenados.
-No creo que esto me haga daño- dijo mostrando el teléfono - es muy útil.
-Si, pero tambien es un vicio, y si no tienes el caracter para no caer te envenena- miro el mar pensativo - digamos que es como la lumbre, si la sabes usar te ilumina, cuece tu comida y te da calor, si no sabes controlarlo te quema y hasta te puede matar, así es ese aparatito.
Carlos se rio por lo bajo.
-Yo sé lo que te digo, no soy un viejo loco o necio, si no me crees piensa en los últimos años de tu vida y te darás cuenta que no has hecho nada más que ser esclavo de ese veneno, te estas quemando y no te das cuenta, a lo mejor y hasta te mueres.
Carlos se quedó pensando un momento mientras veía las maniobras de un barco carguero que llegaba al puerto, miró a su alrededor y vio a las personas pasear por la macro plaza, vio a los vendedores ambulantes que ofrecían sus productos, vio niños soplando burbujas con sus padres, vio un mundo del que se había excluido por seguir la ilusión en la pantalla.
-Nada, no he hecho nada- dijo mientras la noche caía y él se llenaba de melancolía.
El viejo estiró la mano y tomó el celular, le sacó la tarjeta sim y la memoria sd.
-Me lo voy a llevar y nos vamos a ver aquí en un mes, a ver si quitando tu veneno un rato empiezas a hacer algo contigo mismo- le entregó la sim y la memoria, luego se levantó y dijo - si sientes que no puedes más sal a caminar o ponte a hacer ejercicio o nomas siéntate y no hagas nada por un rato, deja que la desesperación pase.
-Espere…
-Te veo aquí en treinta días- dijo mientras se alejaba, Carlos se quedó pensando que un anciano le acababa de robar el celular.
3.- Detox.
Tuvo que comprar un celular básico en el oxxo, le costó alrededor de trescientos pesos que obviamente pago con la tarjeta de crédito. Decidió no ir con la policía porque probablemente se burlaban de él por dejarse robar el celular por un anciano. De igual forma volvería en treinta días para ver si era verdad que le devolvería su celular.
El primer día fue difícil pues se encontraba ansioso por saber algo acerca de la chica, también sacaba constantemente el celular del bolsillo para buscar refugio en el scroll infinito de las redes sociales, pero al sacar el teléfono del bolsillo se encontraba con el celular básico que no tenía acceso a internet, entonces lo volvía a guardar y buscaba otro tipo de distracción.
Los primeros días se encontraba lleno de ansiedad, buscaba la forma de saber algo de la chica, trató de conectarse usando la laptop pero no fue capaz de recordar las contraseñas de sus redes pues al configurar el inicio de sesión automático en su celular no se había molestado en anotar y menos en aprenderla. Cuando estaba en el trabajo se la pasaba de mal humor y cuando estaba en casa se la pasaba yendo de un lado a otro pensando, pensando.
Tenía que encontrar diferentes maneras de matar el tiempo así que en sus tiempos libres salía a caminar, al principio daba vueltas por los lugares habituales, donde él pensaba que podría estar ella, el zócalo, el malecón, la playa y diversas plazas comerciales, mas jamás la encontró y empezó a pensar que el destino por alguna razón impedía que se diera el encuentro. Así que ahora caminaba por lugares a los que no solía ir, conforme pasaban los días podía sentir que la ansiedad en su mente se atenuaba y ya no estaba tan nervioso como lo había estado en los últimos años de su vida.
Empezó a aprovechar sus ratos libres para leer un poco, un hábito que había dejado de lado al sustituirlo por el entretenimiento de las redes sociales, al principio le costaba concentrarse más allá de unos minutos pero con el paso de los días fue recuperando su capacidad de atención. Para el día quince era capaz de leer sin parar media hora, incluso a menudo se quedaba sentado en silencio un tiempo parecido.
Así fue llenando los días que durante las primeras semanas le parecían eternos y aburridos con actividades que le satisfacían más de lo que le habían hecho las redes sociales y sus vueltas por la ciudad buscando las ilusiones que había tejido en su propia mente, llegando de esta manera el día treinta.
Carlos llegó a la misma banca, a la sombra de lo que era la torre de Pemex, al atardecer, podía sentir la brisa del mar en su rostro, sentía como le alborotaba el cabello, sentado en la banca miraba el mar como hacia años no lo hacía, los barcos cargueros estaban anclados en el puerto, uno de ellos iba saliendo para cruzar el mar y llevar sus mercancías quien sabe donde. La verdad no le importaba si le el viejo le regresaba el teléfono o no, pero una cita era una cita y por lo menos quería agradecer al viejo por haberlo ayudado de tan peculiar manera, se sentía mejor que nunca.
-Joven, disculpe- Carlos salió de su ensimismamiento, una muchacha de alrededor de dieciséis o diecisiete años le hablaba.
-si, que pasó- contestó desconcertado.
-Mi abuelo me dijo que un muchacho como tú vendría el día de hoy a esperarlo en este lugar, me dijo que te diera esto, que se lo prestaste- la muchacha le entregó el celular.
-y el viejo ¿está bien?
-El falleció la semana pasada- dijo ella con semblante triste.
-que mal, lo siento- dijo él mirando el teléfono.
-no te preocupes, bueno, me voy, solo vine a devolverte el celular que le prestaste al abuelo.
La muchacha se alejó y él la observó perderse entre la gente. Se levantó y avanzó rumbo al zócalo contemplando el celular, aun sin encenderlo, pensó en las notificaciones que sonarían en cuanto lo encendiera, en todas las historias de la chica que se había perdido, en sí seguiría soltera, pensó en todos los mensajes que le había mandado y que quedaron sin respuesta ¿habrá contestado alguno? no se atrevía a encenderlo, las palabras del viejo surgieron de su memoria “eso es puro veneno”.
-Esto es puro veneno- dijo para sí mismo y arrojó el teléfono a la basura.

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