Solía darlo todo sin que lo pidieran, como una manera ingenua de buscar ser aceptado, como buscando un encuentro , un reconocimiento.
Siempre buscando sin que me buscarán. Iniciando conversaciones fácilmente interrumpidas o dejadas de lado. Verbalmente, frente a frente o en llamadas, cambiadas por otras más interesantes, en el mundo virtual dejadas en visto. Sin respuesta.
Aprendí a dar lo poco que tengo sin recibir nada a cambio. Fui educado así por mi familia, seguramente con la mejor intención, con el deseo de que me convirtiera en un buen hombre. En este mundo de tiburones los buenos hombres son presas fáciles.
Traté de dar consejo, de dar cariño, sin que lo quisieran y sin que lo pidieran. Quedé más de una vez como un payaso. Como un ridículo. Como un juguete. Así se me fugaron muchos años en la repetición de desencantos e inconsistencias; y en ese tiempo me refugié dentro y me encontré como un animal perdido, como un fantasma, como una casa vacía. Casi olvidé mi nombre.
Un día lo encontré y le sacudí el polvo; estaba tan descuidado, como una mascota perdida cuando vuelve a casa, llena de lodo, herida y hambrienta.
Frente al espejo dije tres veces mi nombre, como conjuro para llamarme, me vi llegar; En los ojos de mi reflejo.Escuche mis palabras.En el silencio. Algo hizo "clic" Todo encaja. Ahora lo sé.
Quizá siempre lo supe. Fue esa noche, de alegría y desolación, cuando me encontré y perdí todo.
¡Que tonto fui!
Traté de llenar el hueco de mi corazón con vacíos ajenos. Busqué lo que sentía que me faltaba y creí encontrarlo en la ilusión que me inventé de otras gentes ¡busqué afuera cuando estaba todo adentro! Busqué compañía y sólo encontré fantasmas. Y así me fui convirtiendo en uno.
Todos los humanos tenemos un hueco en el alma, o en el corazón, una necesidad de encontrarnos con alguien más, un desamparo remanente de nuestra expulsión del edén, o del vientre materno. Un dolor innato y que con el tiempo aprendemos a hacerlo más hondo. Convirtiéndose en un agujero que vamos llenando con cosas, con gente o con creencias. Con todo eso que nos alivia el miedo de quedarnos solos, de ser abandonados.
Si quieres vencer el miedo a ser abandonado debes convertirte un poco en un lobo solitario; pero existen dos tipos de lobos solitarios. Uno es una criatura libre y autónoma capaz de convivir con los demás sin depender de ellos ni exigirles que lo valoren. El otro es un ser furioso y frustrado, incapaz de convivir con otros sin lastimarlos ni arrebatar su bienestar. Uno es solitario por voluntad, el otro porque nadie lo soporta y lo dejan de lado. Quizá tenga un poco de ambos.
Cuando encuentras un camino sólo queda recorrerlo. Ahora voy en camino. Llevo mi carne, mi alma y mi nombre.
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