Vivimos en un mundo que nos invita a movernos, a salir, a viajar, a hacer cosas, a tratar de sacar lo mejor de cada experiencia; Nos han envenenado, transformándonos en adictos, y de paso en exhibicionistas, de una droga que es la atención ajena, es normal, somos seres sociales y una de nuestras vulnerabilidades más grandes es la necesidad de aceptación y de generar grupos, necesitamos tener una tribu porque en la vida en la antigüedad salvaje un ser humano sin tribu no podía sobrevivir.
Son nuestras ganas de ser reconocidos y de sentirnos queridos por la tribu los que nos hace humanos y también es lo que nos ha transformado en las víctimas perfectas de los mercaderes que tratan de vendernos cosas inútiles usando esa necesidad humana, convirtiéndola en miedo a la soledad, a no encajar, a no ser reconocido; que en el fondo es un miedo a morir abandonado. Esto es peligroso porque en la antigüedad nuestras tribus eran pequeñas y aisladas por lo que el reconocimiento social era más cercano y lleno de calidez humana, en un mundo interconectado por la globalización y las redes sociales ya no hay tribu, solo veamos el auge de familias disfuncionales y dispersas, eso nos empuja a buscar el reconocimiento en la gran masa, en el enjambre digital.
Es cuando estamos atrapados en este juego, llenos de ansiedad por participar y demostrar que somos dignos, donde se presenta el primer estado de las tranquilidades: La no tranquilidad. La no tranquilidad significa que la mayor parte de tu tiempo estás en piloto automático, siendo esclavo de las reacciones y necesidades viscerales del cuerpo y de tu mente. Podríamos llamarla ansiedad a secas. Estar en este estado no te permite apreciar la vida como ocurre día a día. Al estar en la búsqueda de la recompensa del reconocimiento ajeno te haces completamente al mundo. Verás un árbol y no verás nada, verás a la gente y no verás nada, porque tu ansiedad, tu no calma, ciega, te lo pierdes todo buscando nada.
Despues, si logramos comprender que todo lo que nos causa ansiedad es solo un juego tonto y salimos del aberinto, llegamos a la tranquilidad de la presa o tranquilidad ansiosa; en este punto sabes que tu autopercepcion, tu dignidad y tu amor propio no deben ser consecuencia de la validación y reconocimiento de la sociedad, sin embargo, como un adicto en abstinencia, buscas el reconocimiento de la gente y no obtenerlo puede herirte; en este momento eres como un ciervo que al primer indicio de amenaza sale corriendo para no ser lastimado. Le temes a la soledad. Estas un poco menos ciego.
Más tarde quizá llegues a darte cuenta que la gente va y viene, que la soledad bien empleada es un regalo y que la privacidad es un tesoro. Entonces has llegado a la tranquilidad del cazador, vas y vienes a tu ritmo, recorres tus caminos a tus anchas sin importar si estás solo o acompañado, te encuentras con la gente que aporta contenido a tu vida, compañeros de caza, gente con quien reír y disfrutar de la existencia. Buscas las cosas buenas de la vida, conocer a gente que no esté hueca, no le temes al fracaso, no le temes al dolor, ni a la soledad. Ya aprendiste a ver lo que en verdad vale la pena ver.
Cuando aprendas a ver el verde de los árboles como el más verde de los verdes, el azul del cielo como el más azul, las olas del mar como maravillas, a la gente que amas y que te acompaña como un milagro y un regalo, llegarás a la calma de los árboles, tus raíces están bien hondas en la tierra más fértil, la tribu de gente real que has encontrado y tu amor por la vida y el mundo, entonces la locura suicida que es el mundo ya no te parecerá tan importante, es más, sentirás compasión por todas las almas atrapadas pero no perturbara tu calma. Tus ojos ven plenamente el milagro que es todo esto, y el resto ya no importa.

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