Cuento semana 5, escrito entre el 26 de febrero y el 3 de marzo.
La Arboleda
Árbol tras árbol, tronco tras tronco; te encuentras perdido en un mar infinito de verdor que pronto, en cuanto se oculte el sol, se convertiría en penumbra, puedes ver a lo lejos los rayos de luz rojizos filtrándose entre las hojas. Continúas caminando mientras las sombras se alargan hasta que, al extinguirse los rayos del sol, desaparecen; luego un gran silencio se apodera del bosque, como si la vida se pausar para que las criaturas del día cambien turno con las de la noche, te detienes a buscar la linterna que llevas en la mochila, por un momento los únicos sonidos que rompen la armonía son tu respiración y tus torpes intentos de sacar el artefacto, entonces la vida se pone en marcha de nuevo, primero escuchas la rítmica canción de los insectos nocturnos, un crujir de hojas lo acompaña y uno que otro batir de alas lejano, tus instintos más primitivos te ponen en estado de alerta, por fin sacas la linterna y con alegría compruebas que funciona pues sin ella no podrías ver más allá de medio metro; esta noche no hay luna y los árboles más altos no dejan pasar la tímida luz de las estrellas.
La luz artificial que alumbra tu sendero te tranquiliza un poco, pero no te acostumbras a los ruidos repentinos y las extrañas siluetas que huyen de tu luz te perturban, aunque trates de convencerte a ti mismo que deben ser animales que sorprendiste en medio de su descanso y que al verse sorprendidos huyeron; de pronto algo golpea tu cabeza, tu gimes y si hubiera alguien para verte notaría que el color se escapo de tu cara, apuntas tu luz en dirección al agresor sólo para descubrir una rama de un árbol que no viste, casi sería gracioso, si no fuera porque el árbol se ha reído; una corriente eléctrica recorre tu espinazo y te alejas tratando de correr, oyes risas mientras vas a la carrera, tropiezas y el mundo da vueltas, la linterna se desprende de tus manos, de pronto estás tirado mirando las pocas estrellas que se filtra por el techo de hojas del bosque. Sientes que podrías quedarte ahí acostado por el resto de la noche, mas el crujir de la hojarasca y risas y murmullos lejanos te hacen andar a gatas hacia la luz de tu linterna.
Cuando al fin agarras de nuevo la linterna te levantas y giras alumbrando tu alrededor tratando de buscar el origen de los ruidos. Nada, solo los árboles que te rodean y un silencio antinatural que te hace sentir que la noche está a la espera de algo. Un pensamiento invasivo te dice que espera tu muerte, que guarda un momento de silencio por ti antes de que el bosque te devore. Cuando estás a punto de descartar este pensamiento un alarido, algo entre un grito y un aullido, te hace pararte en seco y sudar frío. Un nuevo alarido hace que te pongas en marcha de nuevo, vas caminando lo más rápido que puedes, temes salir corriendo porque tropezar hará que el dueño del alarido te alcance y te devore, la lámpara parpadea y cuando oyes un nuevo alarido, más cerca, las hojas de los árboles a tu alrededor empiezan a vibrar y a azotarse como si un potente viento atravesará el bosque, el alarido está más cerca, con un nuevo alarido la lámpara parpadea nuevamente y finalmente se apaga. entonces te echas a correr mientras escuchas las ramas de los árboles agitarse, las risas, los alaridos, corres, las ramas arañan tu cara, tropiezas y cuando escuchas el terrible alarido tan cerca que casi sientes el calor de aliento de la criatura que lo genera en tu piel te levantas y corres como jamás has corrido.
No sabes cuanto tiempo llevas corriendo, de repente ya no hay árboles y sientes bajo tus pies la conocida dureza del asfalto, una carretera, volteas y donde el bosque termina para dar paso al asfalto puedes ver dos ojos rojos que te observan, de momento la cosa se retira, tu decides seguir la carretera esperando no tener que volver a entrar a ninguna arboleda por el resto de tu vida.

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