Cuento de la semana 6
Escrito entre el 4 y 10 de marzo.
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Cándida fue la mujer más hermosa que alguna vez tuve parada frente a mi; no solo era por su figura bien definida, producto de años de practicar el deportes, sino porque sus ojos irradiaban sinceridad y fuego que en conjunto con su piel sonrosada y un cabello negro como el mar por la noche, con sus rizadas olas incluidas, arrancaban suspiros en todos los hombres que que la vieran pasar. En definitiva era una mujer libre y ninguno de sus amantes logró robar por completo su corazón y mucho menos atarla a él por medio del matrimonio; me gusta pensar que tal vez fui yo quien estuvo más cerca de conocerla realmente mas temo que solo me engaño.
La primera vez que la vi fue al regresar a mi pueblo natal, en ese entonces era un estudiante recién graduado que tenía como ambición establecer un gran negocio en el pueblo donde lo criaron para hacer que este destaque transformándose así en un lugar famoso; Recuerdo que al bajar del autobús sus ojos avellanados me dieron la bienvenida en un cruce de miradas que fue fugaz pero que me pareció eterno, ella solo sonrió y siguió con su camino.
Después de haberla visto no pude sacarla de mi cabeza, descubriéndome a menudo pensando en ese cruce de miradas; fue fácil encontrar trabajo en el pueblo pues unos viejos amigos de mis padres me dieron la oportunidad de encargarme de uno de los locales que tenían en el mercado, después de todo tenía que ahorrar algo de dinero para poder poner en marcha mis planes, sin embargo lo que yo consideraba mis grandes planes y prioridades pasaron fácilmente a segundo plano pues mi nueva prioridad ahora era la mujer con la que había cruzado miradas el día de mi regreso. No me tomó mucho tiempo saber su nombre pues varios hombres hablaban de sus aventuras con ella, escuchar esas palabras fue un duro golpe para mi joven corazón que poco sabía de amores y de intimidad, y mucho menos de si lo que había escuchado tenía algo de verdad.
Así pasé muchos días malhumorado, maldiciendo mi suerte y maldiciendo a ella como si fuera culpable de los rumores que los demás contaban, muchas veces la insultaba en mis pensamientos después de escuchar alguna de las anécdotas que los muchachos del mercado contaban, pero por más malhumorado o enojado que me pusiera eso no evitaba que cada vez que la viera pasar o la ollera reírse algo cálido y suave palpitara en mis adentros, lo que empeoraba todo es que ella siempre sonreía al verme.
Pasaron varios días más para que me diera cuenta de que el dolor que a veces sentía al verla y la furia que me provocaron los comentarios de los otros muchachos hacían al verla no eran otra cosa más que envidia pues yo también deseaba estar con ella. Así fue mi vida por un par de meses hasta que un martes coincidimos por en el camino, ella me hablo primero:
-¡Hola! tú debes ser el nieto de don Miguel, el que volvió de Veracruz hace poco.
Esas fueron las primeras palabras de una larga conversación que hasta el día de hoy no puedo recordar con toda claridad pues su sonrisa y el aire a su alrededor me nublaban la mente, ella sonreía de una manera tan dulce y en ese momento nada más importaba.
Los días pasaron y poco a poco esos viajes juntos del mercado a casa se hicieron frecuentes, siempre la acompañaba hasta la entrada del patio de sus abuelos, ella vivía con sus abuelos pues su madre había fallecido cuando ella era pequeña y su padre las abandono cuando se entero que tendría un bebe, no me iba hasta que su bella figura desaparecía tras la puerta. Nuestra rutina solo se rompió cuando ella se iba con alguno de los muchachos, esos días ella solía decirme “lo siento, hoy no te podré acompañar” esos días eran muy tristes para mi.
Pasaron los meses, llegó diciembre y con él un frío poco habitual en la región, a pesar del frío caminar con ella me llenaba de una dicha y un calor que me hacia soportarlo, fue en la víspera de navidad cuando pasó algo diferente en nuestra rutina, ese día caminábamos a casa como siempre, platicamos de cosas del trabajo y algunos chismes del pueblo, fue al llegar a la casa de sus abuelos cuando como siempre iba a despedirme de ella con un beso en la mejilla que Cándida me tomo de la mano y me arrastró dentro mientras decía “mis abuelos se fueron de viaje, no quiero pasar la navidad sola” no pude resistirme a su mirada y me deje llevar hasta su habitación donde me sumergí en el mar de Cándida con la esperanza de no naufragar quedando destrozado y olvidado en el fondo de sus recuerdos.

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