miércoles, 3 de abril de 2024

RETO 52.- CUENTOS: SEMANA 9.- Bajo las olas

 


Todos se habían ido; las calles estaban vacías, Saul caminaba con rumbo al centro comercial, el sol estaba alto, derramaba sus rayos sin piedad y sin consideración por ningún ser; Ahora que no había gente, ni autos, ni el ruido de fondo que normalmente existe en toda ciudad, podía escuchar el mar mientras caminaba por la avenida Juan Pablo segundo, meses atrás el ruido de los coches y los autobuses del transporte público a esa hora le habrían provocado un dolor de cabeza, desde hace meses que no tenía uno, no extrañaba para nada la vida de antes de que todos desaparecieran.

Llegó al Walmart, la cortina había sido arrancada por los saqueos que ocurrieron durante los primeros días de la catástrofe,  al entrar al supermercado una combinación de olores  lo obligó a llevarse un tapo, que guardaba en su bolsillo trasero del pantalón,  a la nariz, probablemente dentro la carne de los refrigeradores y bodega se habría echado a perder o a lo mejor algún animal se murió adentro, o algún saqueador.  En la vida de antes acudía a este Walmart a comprar con regularidad por lo que más o menos se acordaba de la distribución de los departamentos, además en su afán de ahorrar en gastos de energía eléctrica el edificio contaba con numerosos tragaluces que iluminaban bastante bien la mayoría del interior, por lo que no tuvo la necesidad de encender su linterna, una de esas que se recargan con manivela y con luz solar.  Al llegar al departamento de enlatados pudo encontrar algunas latas de frijoles, verduras, atún y sardinas, el departamento de enlatados estaba ya casi vacío, hecho las latas en su mochila, caminó un poco más por el Walmart y pudo encontrar unas botellas de agua y el último frasco de café.  Por último decidió revisar la bodega donde encontró un par de paquetes de galletas y varias latas y botellas de agua  más, las que cubrió con cartón y basura, después regresaría por ellas.  


Dejando el Walmart atrás decidió acercarse al mar para mirarlo y sentir su brisa un rato, de camino entró a un Oxxo y ahí pudo encontrar un par de paquetes  de Sabritas y tres  latas de cerveza. Ya en la playa enterró las latas en la arena que las olas bañaban, se sentó bajo la sombra de un edificio y se puso a comer una lata de atún y uno de los paquetes de Sabritas. El mar brillaba azul y las nubes cruzaban el horizonte como barcos blancos que viajaban a otros continentes ¿En otros países habrá pasado lo mismo? pensó mientras sentía el aire fresco del mar en el rostro. Más tarde, después de dormir un poco, desentierra las cabezas a las prisas, el mar había avanzado y el sol empezaba a caer, bebió la primera mientras caminaba por la playa hacia las escaleras que subían a la avenida principal. 


Ya arriba volteo para ver el mar una última vez antes de que cayera la noche, sintió una brisa fría en la cara y se quedó fascinado viendo el mar, disfrutando del sonido de las olas mientras chocaban con la orilla, de pronto el hechizo fue roto por una nueva oleada de aire que a pesar de su frescura transportaba un olor de humedad putrefacta,  la noche ya estaba cayendo, Saul había perdido la noción del tiempo, pudo ver a lo lejos, en el mar, un grupo de sombras que se arremolinaban bajo el agua, acercándose de a poco a la costa, esperando a que el sol se ocultara para salir en busca de él o de cualquier humano que aún se encontrara en las ruinas de la ciudad. 


Saul corrió calle arriba buscando llegar a su refugio antes de que la noche cayera y las cosas que se habían llevado a la gente salieran tras él, seguramente lo habían visto cuando se metió al mar para sacar las cervezas, mientras corría el silencio de la ciudad  le permitió escuchar los sonidos de las cosas que estaban emergiendo, eran entre gruñidos, gorgoteos y un lenguaje que ningún lingüista podría identificar, cuando llego al edificio que estaba usando de refugio, un complejo de departamentos que en su vida anterior jamás se hubiera permitido rentar pero que ahora que la ciudad estaba vacía y el dinero no valía nada había tomado como suyo, cerró la reja principal,  una pesada reja de hierro, y a la carrera subió hasta el quinto piso, el último, donde tenía su refugio, cerro la puerta mientras tocia y  trataba de respirar como un pez fuera del agua, cuando recuperó el aliento cerró la puerta, le pasó los cinco pasadores, tres de ellos colocados por el después de tomar el lugar, y puso varios muebles bloqueando la puerta, el ropero, un sillón, el refrigerador y la mesa. Entonces se quedó en silencio mirando por la ventana. 


Se pasó la noche viendo a un centenar de sombras retorcidas moverse por la apagada ciudad,  escuchando los gruñidos, el idioma gorgoteante de esas cosas, aguantando constantemente la respiración pues el pútrido olor a muerto, a pez muerto, que llenaba el aire lo podría hacer vomitar; En un momento un grupo de esas cosas se acercó a los departamentos, por lo que recordaba esas cosas nunca habían avanzado tanto, se acercaron tanto que pudo ver sus formas contorsionarse, pudo ver sus enormes ojos brillas amarillentos en la noche, escuchó con mayor claridad el gorgoteo de sus voces, sus gruñidos y su olor invadió el aire tan intensamente que pensó que iba a vomitar y el sonido de sus arcadas terminaría por atraerlos a su escondite, lo atraparían y se lo llevarán con ellos al mar como se habían llevado a toda la gente durante los últimos meses, porque esas cosas no devoraban a la gente, la arrastraban al mar y se las llevaban bajo las olas a quien sabe donde. 


Cuando estaba por rendirse y dejarse llevar por su fisiología y su pánico el sonido de disparos lleno el aire, seguido de gritos, gruñidos y maldiciones, las criaturas, que ya casi estaban por entrar en el edificio donde se ocultaba, dieron media vuelta y emprendieron una renqueante carrera en dirección al sonido de los disparos; Entonces la noche se llenó de gritos, de gruñidos y de sombras que se deslizaban en dirección a un centro comercial cercano, cuando empezó a amanecer las criaturas se retiraron al mar, Saul pudo ver cómo las cosas arrastraban a un grupo de gente, estos gritaban penosamente. Cuando el silencio reinó una vez más  en la ciudad junto sus cosas en su mochila y se puso en marcha, tenía que alejarse del mar antes de que esas cosas lo arrastraran bajo las olas.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

52 Semanas de cuentos: Cuento de la Semana 18.- Festín de Bestias 1

  Festin de Bestias 1 Los relámpagos danzaban en el horizonte y los truenos apenas se distinguían como un eco lejano, escurriéndose entre el...