lunes, 10 de noviembre de 2025

Las Quinientas 19.- La Costa.

"Tormenta fuera de Costa"- Antonio Maria Marini.

A veces sueño con una playa, una extensión costera que abarca el horizonte, una medialuna cuando la contemplo desde la cima del acantilado en el que suelo aparecer durante esos sueños, a los que me adentro siguiendo  el sonido del oleaje, el graznar de las gaviotas y el viento frío e invernal que llega del mar para refrescar mi rostro y jugar con mis cabellos, dándome la bienvenida con un beso de brisa en la mejilla, que aunque frío esconde una calidez que echa raíces en mi alma. 

Desde arriba, desde la peña, puedo contemplar  de un lado una larga planicie llena de palmeras a las que sus hojas se pintan de color cobre, pues en este sueño el mundo esta en un atardecer infinito y todo esta bañado con la luz rojiza de el sol cuando se esconde, como iba diciendo ese lado esta lleno de palmeras, hiervas y malezas, la arena es casi blanca y las olas llegan a la orilla con una tranquilidad hipnótica, casi sin ruido. 

Del otro lado apenas y existe la arena, la playa está llena de grandes rocas que se extienden hasta entrar en contacto con acantilados que van elevándose hasta fusionarse a la distancia con una cadena montañosa que crece y crece hasta tocar las nubes, entonces ya no se si continua elevándose pues desde mi perspectiva no alcanzo a ver la cima. 

A Veces bajo, a la carrera y tropezando, y caminó por la playa, las gaviotas y los pelícanos alzan el vuelo a mi paso, los cangrejos corretean por la orilla y uno que otro pez se desliza entre el oleaje, como volando ¿a caso son los peces los pájaros del aire?¿o son los peces los pájaros del agua?  Me quito los zapatos y camino por la orilla, en el atardecer perpetuo el agua tiene tono a veces azul y a veces naranja, tornasolado. El agua está fría pero no me importa,  camino por la orilla, en ocasiones  camino al lugar de las palmeras hasta que me empiezo a encontrar un par de cocos flotando en el agua, en otras camino hacia las montañas, hasta toparme con una enorme roca que por el choque de las mareas es casi una esfera, pulida y de un tacto suave. 

Otras veces me siento en el saliente del acantilado y contemplo el ir y venir de las olas, sincronizando su movimiento con mi respiración, escuchando como se estampan contra las rocas, sintiendo el viento coquetear con mis cabellos, acariciarme la mejilla, decirme mil cosas al oído,  cosas que con mucha seguridad olvidaré cuando despierte.  No se si ese lugar existe, existió o  existirá, a lo mejor y algún día  llegaré hasta ahí despierto, de momento es un buen refugio para mis horas de descanso, para mis ratos de duermevela o cuando quiero abstraerme un rato y en meditación busco llegar hasta allí. A lo mejor y en ese lugar me encontraré con la muerte, a lo mejor será el último refugio metafísico al que acuda mi consciencia al momento de marcharse, a lo mejor sea mi paraíso o mi infierno personal, todo depende de si me quedo contemplando su belleza para siempre o me veo obligado a caminar por sus eternas playas en medio de una tempestad.  

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