1
Las llamas se elevaban, el crugie de la vegetación al quemarse y el crepitar de las llamas lo arrullaban mientras miraba por la ventana, de los cultivos de caña de azúcar salían figuras prendidas en fuego, puso identificar a unos cuantos de los animalillo que no habían podido escapar del fuego, conejos, armadillos, aves y, quizá, un par de perros salvajes. Así se preparaba la caña de Azúcar para ser cosechada, se le prendía en llamas para ablandarla, eso pensaba el chico mientras veía a los animales correr hasta derrumbarse, a lo mejor sus tíos recogerían a alguno de los conejos o armadillos para la comida del día siguiente. El sol se estaba ocultando detrás de los cerros, la noche brillaría con el intenso naranja de las llamas y las sombras de los trabajadores, afanados en qué el incendio no se saliera de control, danzarían toda la noche, como criaturas de pesadilla. El muchachito miraba por la venta como las llamas crecian y se propagaban por los calales, también veía las sombras de la gente del campo, estiradas y deformes, probablemente sus tíos andaban entre esa gente. Se quedó dormido mientras el resplandor anaranjado iluminaba su habitación.
2
Al día siguiente durante el desayuno escucho la conversación de los adultos, su abueloz su padrino y sus tíos mayores, decian que un hombre había muerto entre las llamas, no era parte de los trabajadores del cultivo, cuando pasaron lista todos estaban presentes e intactos, sospechaban que se trataba de uno de los muchos borrachos del pueblo que se había quedado dormido en los cañales en tal estado de ebriedad que no se dió cuenta hasta cuándo fue demasiado tarde.
Cuando terminó de desayunar, huevos con frijoles, tortillas y café de olla, salió a buscar a sus primos, a lo mejor ellos podrían contarle co2n mejor detalle lo del hombre muerto por las llamas, la calle estaba cubierta de ceniza, caía del cielo como una nieve gris y caliente, llaveria ceniza en el pueblo por un par de días. Los encontró mientras caminaban por los caminos exteriores del pueblo, se acercaban a los cuerpos calcinados de animales a picarlos con ramas secas que había recogido del suelo o con palos que habían tomado del monton de leña de la casa. Trataban de darles la vuelta y adivinar que criatura había sido antes de ser devorada por las llamas, la malloria eran consejos y armadillos, había otros lo bastante grandes para ser perros o gatos monteses. Cuando se artaron de vagar por los alrededores del cañal, que aún despedida un gran calor, se sentaron bajo la sombra de un gran árbol, ahí el mayor de sus primos les platico a cerca del hombre que había muerto quemado, les dijo que pasada la media noche, como a las cuatro de la madrugada , cuando los trabajadores se afanaban en dirigir las llamas por el cultivo de caña para que no se saliera de control y acabará quemando el pueblo, un horrible grito hizo que todos se sobresaltan, les contó que los hombres vieron al pobre diablo correr entre las cañas prendido en llamas, soltando alaridos horribles, que corría buscando la salida de los cultivos, quizá buscando el arrollo que pasaba a unos cincuenta metros del cultivo, pero para su mala suerte, o por su desesperación, no pudo salir del incendio, los cañales se habían convertido para él en un laberinto de fuego. Dijo que don Trujillo le contó que cuando se apagó el fuego encontraron al fulano hecho chicharrón en el cañal de hasta el fondo, "bien adentro" dijo Don Trujillo. Entonces espontáneamente guardaron un minuto de silencio por el hombre. Después montaron sus bicicletas y se encaminaron de regreso a sus casas, se hacía tarde y era hora de la comida.
3
Al día siguiente volvía a pedalear su bicicleta por el mismo camino, en la canastilla de atrás llevaba un paquete que le había encargado su abuela, los lonches de los hombres que trabajaban con empeño en cultivar la caña de azúcar, entre ellos sus tíos y su abuelo. Cuando llegó los observó un rato, cortaban la caña con machete, o moruna el chico aún no sabía distinguirlas, después la juntaban en rollos que una máquina subía a un enorme camión para que las llevarán al ingenio donde la convertirían en azúcar y en alcohol. Cuando se acercó desmontó la bicicleta y se puso a repartir la comida entre los hombres; llevaba varios de topers, de los grandes, uno contenía frijoles, otro huevos rancheros, otro queso fresco, el más pequeño salsa bien picosa, también llevaba un termo grandote que traía café de olla bien caliente, un par de kilos de tortillas, cucharas y vasos desechables, de los blancos que conservan calientito el café. El abuelo chiflo para llamar la atención de los hombres que trabajan, estos pararon y se acercaron, unos venían frotándose las manos, otros se reían. El niño comió con los adultos y espero a que vaciaran los topers y el termo, se quedó otro rato viendolos relajarse antes de regresar al campo, cuando estos se afanaron de nuevo recogió todo y lo echó en la canasta de la bicicleta, se despidió de su abuelo y de sus tíos agitando la mano y se fue para la casa.
Un niño pedalea rumbo a casa de su abuela, en su imaginación vuela, nadie lo alcanza, en el pueblo entre los cerros la vida sigue adelante como siempre, siguiendo el ciclo de vida de la caña de azúcar; En la morgue del pueblo un cadáver calcinado no avanza, jamás irá a casa, nadie lo reconoce ni lo extraña. Entre el crecer y quemarse de las cañas la vida y la muerte siempre se tocan.
Cuando los hombres llegaron a la casa se dieron un baño, las tías, la abuela y el chico pusieron la mesa y juntos se sentaron a cenar.

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