domingo, 1 de febrero de 2026

52 Semanas de Cuentos.- Cuento 4: La montaña.


Cuento de la semana 4, del 26 de Enero al 01 de Febrero.

La Montaña


Salieron del campamento temprano, aún no caía nieve pero el frío los hacía castañear los dientes, se abrazaban a sus fusiles como si de su frío acero pudieran extraer algo de calor, era seguro que nevaría por la noche, una neblina ligera cubría las faldas del cofre de perote; los tres iban en busca de algo de leña y a revisar las trampas, comida y calor, el invierno avanzaba indiferente a las tragedias de la vida humana. La camioneta en la que viajaban avanza como a tropezones en el empedrado camino al bosque de pinos, de subida no solo luchaban contra el maltrecho camino, también lo hacían contra la gravedad y si no se apuraban también lo harían contra el clima. 

Pronto llegaron a un terreno llano donde los turistas solían acampar, Gaspar conducía y antes de detener la camioneta, su “carcacha” la llamaba, le dio la vuelta para que quedara la trompa apuntando hacia el camino “por si hay que salir corriendo” pensó. No apagó el motor. 

-Revisen sus armas muchachos- Dijo Armando que era el mayor de los 3. 
-Listo- Dijeron Gaspar y Jesus a la vez. 

Los tres sabían que el Cofre ya no era territorio del hombre, toda la gente de los Altos y los pueblos de los alrededores lo sabían, así como sabian que la era en la que el ser humano podía dormir tranquilo por las noches se había acabado décadas atrás, la montaña ahora era el hogar de una bestia y los pueblos de los alrededores su coto de caza, siendo el ganado y los seres humanos su presa favorita. No podían huir, el mundo entero estaba igual, “ni modo, toca aguantarse” solía decir Don Jorge. 

Bajaron despacio de la camioneta, avanzaron juntos hasta una pequeña cabaña donde había un montón de leña, sabían que la criatura no salía cuando la neblina y el frío se iban así que los hombres del pueblo subían a cortar toda la leña que podían y a prepararla para bajarla en los días más soleados y cálidos, en los días como este subían varias partidas a buscar leña y caza menor, y aunque había algo de niebla la criatura no salía a menos que esta se hiciera más densa. Aun así estaban intranquilos pues la niebla podría cerrarse en cualquier momento. 

Mientras Gaspar y Jesus cargaban la leña en la batea de la camioneta Armando vigilaba los árboles y la niebla, después de varios viajes pudieron llenar hasta la mitad la batea, el aire se hizo más frío, caminaron juntos por los alrededores revisando las trampas que habían colocado con días de anticipación, lograron meter a sus bolsas tres conejos y dos gallinas salvajes, cuando caminaban entre los pinos, rumbo a la ubicación de la última trampa el viento empezó a mover las ramas, desde donde estaban podían ver la parte más baja de la falda de la montaña, observaron el viento recorrerla barriendo la neblina y moviendo las copas de los árboles, el siseo de la hojarasca llenó sus oídos.

La trampa estaba vacía, la habían roto, el conejo había consumido el cebo y escapado. Des hicieron sus pasos rumbo al claro donde habían dejado el vehículo de Gaspar, a medio camino un estallido seco los hizo detenerse, luego escucharon un segundo y un tercero, conocían bien el sonido pues los fusiles que ellos mismos cargaban sonaban igual, anduvieron más despacio, vieron como un banco de niebla bajaba por la montaña, como una ola en cámara lenta, otra ronda de disparos los invito a acelerar el paso. Cuando tuvieron a la vista la camioneta Jesus y Gaspar iban a echarse a correr pero Armando los alcanzo a agarrar de las mochilas, obligandolos a agacharse casi a pecho tierra con un firme tirón, cuando los jóvenes estaban por protestar él hombre señaló con una mano firme algo que había entre carcacha de Gaspar y ellos, dándoles la espalda. 

La criatura era una silueta apenas visible entre la niebla, que la acompañaba en su despliegue, de pie entre el vehículo y los hombres, concentrada en devorar a su presa, el lamento del hombre que era desmembrado por la bestia sacó de su transe a los hombres, que instintivamente se juntaron hasta quedar hombro con hombro, tumbados contemplaban la escena, la cosa con una talla superior a los dos metros y con un volúmen tal que cada uno de ellos pensó que las balas de sus confiables armas tendrían dificultad en abrirse paso entre sus carnes; el hombre, con el que la bestia se afanaba, gemía y sollozaba como si ya no tuviera fuerzas para gritar por auxilio, los otros ni siquiera pensaron en ayudarlo. Un par de hombres más salieron de entre los árboles que estaban del otro lado, los compañeros de expedición de el desafortunado, y comenzaron a disparar sus armas contra la criatura, para está eran una leve molestia a la hora de la comida, como una de esas moscas que no deja de molestar.

-¿Que va a hacer ese idiota?- Dijo Gaspar mientras veían como uno de los hombres lanzaba una Molotov a la criatura, tuvo la suficiente puntería o la mala fortuna de acertar de lleno a la criatura, prendiendo la en llamas junto con el hombre al que pretendían salvar, esté reanudó sus gritos, el monstruo grupo horriblemente y con un movimiento de una de sus patas aplastó la cabeza de su víctima, silenciandolo en el acto y así medio en llamas se lanzó contra los otros hombres, los cuáles emprendieron una carrera en dirección al bosque, perdiéndose entre los árboles y la niebla.

Gaspar, Jesús y Armando corrieron a la camioneta, mientras bajaban del cofre por el maltrecho camino escuchaban gritos de hombres, detonaciones de armas y alaridos de la bestia. En una curva alcanzaron a ver el brillo anaranjado de las llamas. La niebla parecía escoltar su descenso del cofre, avanzando lentamente a sus espaldas, a lo largo del último tramo reinó el silencio, entre ellos y en ambiente mismo, como si las criaturas se ocultaron en sus madrigueras a la espera de una tormenta, cuando dejaban el camino de la montaña empezó a caer una nieve pesada, casi granizo y para cuando llegaron al poblado de los Altos la nevada ya era intensa en el cofre. Cuando llegaron al pueblo otros hombres y mujeres los ayudaron a descargar la leña y otros tantos tomaron la caza y la llevaron a la cocina. La noche iba a ser fría.

Más tarde, ya pasada la media noche, los tres hombres estaban reunidos con sus pares en la casa de uno de los viejos del pueblo, discutían la expedición del día y al pasar lista descubrieron que ninguno de los que habían salido por la mañana faltaba, las víctimas de la criatura entonces eran personas de alguna otra comunidad; Bebían café de olla, el cuál dejaron a un lado cuando los perros del pueblo empezaron a ladrar, la voz de un hombre rompió el silencio de la noche, pedía ayuda. El hombre llegó a la casa donde se realizaba la reunión y tocó la puerta, el viejo, señalando la puerta con la barbilla, dió la orden de que lo dejarán pasar.  

Gaspar reconoció enseguida al hombre, era el loco que le había lanzado una bomba Molotov al monstruo, estaba cubierto de nieve, mucha de ella teñida de rojo y daba la impresión de que le habían derramado encima un raspado de grosella. El hombre apenas y se mantenía en pie, lo acercaron a la estufa de leña para calentarse, balbuceando les contó como la bestia había perseguido a su grupo, atrapando sus compañeros y arrastrandolos bosque adentro, dijo que la criatura aún lo seguía cuando empezó a caer el agua nieve y que cuando la neblina se volvió tan densa que no le dejaba ver más allá de uno metros está dejo de seguirlo, dijo que caminó sin rumbo entre el campo de niebla, sintiendo como la nieve, que era más granizo, lo golpeaba, llegó a pensar que moriría congelado y perdido en la montaña pero los ladridos de los perros, que alcanzó a escuchar a lo lejos, le ayudaron a orientarse. 

Los perros ladraron de nuevo, está vez no era el tono de alarma que usaban cuando un desconocido se adentraba en su territorio, eran ladridos de terror, casi aullidos desesperados, y no solo los perros, los gallos, gallinas cacareaban como locos, las vacas y los pocos burros que había gemían en la noche, Gaspar señaló al extraño:

-¡Viene por este!

Todos los hombres siguieron el dedo acusador de Gaspar, sabían que la criatura era astuta y rencorosa, que nunca olvida una ofensa.

-Le prendió fuego- Apuntó uno de los hombres - Lo encabronó.

-No, señores, yo nomás quería salvar a mi amigo, la cosa esa se lo estaba comiendo.

-¡Tranquilos señores! No vamos a sacar a este hombre a la calle en esta noche tan fría, no sabemos si eso viene o pasa cerca, no nos dejemos llevar por el pánico.

Cuando los alaridos de los animales llegaban a un éxtasis maníaco y los hombres reunidos en esa casa se miraban en silencio, la puerta fue arrancada y por el umbral entró la bestia, los hombres la describirían después como si al cuerpo de un gorila le hubieran puesto la cabeza de un tigre y las garras de un oso, aunque al final ninguno podría describirla con certeza pues la oscuridad y el terror hizo que muchos apartaran la mirada, cerrarán los ojos o simplemente decidieran no recordar al monstruo, la criatura entro a la casa y se lanzó sobre el hombre, atrapandolo con sus garras y fauces para arrastrarlo hacia la noche. Los hombres escucharon los alaridos del hombre durante un rato hasta que se pronto, junto con el alboroto de los animales, cesaron. El frío de la noche entraba por la puerta, el fuego de la casa se había apagado. Un último grito distante hizo que todos dirigieran la vista en dirección de la montaña.

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